El viejo enciende cada noche el vetusto faro.

Fuma su pipa y vigila el mar, hasta quedar dormido en su mecedora.

De día, pasea bajo las gaviotas por el rompeolas.

De vez en cuando, baja a la orilla de la playa y se baña desnudo.

Entonces se detiene el tiempo y comparte su baño con caballitos y estrellas de mar.

Se pierde entre la espuma de las olas, buceando hacia mundos profundos.

Mundos donde majestuosamente, florecen bancos de corales de colores infinitos.

Bajo el agua hay un mundo de plata, donde el viejo no necesita respirar.

En esos instantes suple la falta de aire con suspiros latentes de amores no olvidados que bombean su corazón.

Bajo el agua las medusas juguetean con delfines que parecen tener alas.

Toman impulso y salen a la superficie para luego emerger de nuevo y así seguir jugando.

Hoy el anciano observa la agitación en el horizonte y el estrepitoso

chocar de las olas contra las rocas.

No podrá salir a nadar.

El viejo recuerda días antiguos y aventuras pasadas.

Recuerda aquella maravillosa celebración que le dio Neptuno cuando salvó a una sirena que quedó varada.

Se emociona al contemplar aquella pipa de coral esculpida por un pez espada al que salvó de morir...

Recuerdos...siempre…. recuerdos.

Recuerdos que le llenan de nostalgia.

Sabe que hoy se cumplen 400 años de su llegada a esta tierra y que hoy todo tocará a su fin.

Llega la noche y con ella la oscuridad.

Enciende su pipa y fuma su mezcla de tabaco, mientras murmura para sus

adentros ,compartiendo sus miedos y sus anhelos con la voz del silencio.

Todo se apaga.

La vida se evapora y deja un cuerpo inerte en una desgastada mecedora.

Y en el ulular del viento en la noche,

mientras aún nadie nota la ausencia de luz del faro,

un alma convertida en estrella ocupa su lugar en el firmamento,

comenzando una nueva etapa entre destellos de colores.