Se apaga el murmullo de las hojas calidas, monótonas,

se retuercen entre ellas.

Un hada me guiña un ojo,

me escupe a la cara toda mi vergüenza,

mi deslealtad quebrada para conmigo mismo.

Me asemejo a un cristalino río.

Veo reflejados en él todo mi carisma,

mi angustia,

los entresijos de una amarga victoria .

Todo vuelve a ser efímero,

tan efímero como las hojas que caen recubiertas de empalagosos grises.

Sucumbo al atardecer.

La hojarasca se retuerce.

Yo me animo a seguir caminando por un camino forrado de pieles de leopardo.

Camino bajo un cielo rojo tan terrorífico, como angustioso.

Luego un leve pestañeo y mis sentimientos se ven enjaulados.

Llego al fin del camino que me lleva a unos suburbios destrozados,

rodeados por un ambiente frío,

pero repleto de esperanza.

P.D.: nunca falte a clase los días que fui

todos los demás no estuve allí.